Lucha contra la corrupción

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El gobierno de Horacio Cartes sigue pregonando la honestidad de su administración y su combate a la corrupción en la función pública, a través de los medios de comunicación afines y mediante campañas difundidas por las instituciones públicas. Los anuncios del nuevo rumbo, del fin de los maletines y de cortar las manos a los corruptos habían logrado una gran adhesión de la ciudadanía y aumentado la popularidad del presidente.
Sin embargo, a casi tres años de gestión no se sabe de una depuración que el jefe de Estado haya  emprendido en los ministerios, en donde sobreviven verdaderos esquemas corruptos, anquilosados durante diferentes administraciones y que siguen manejando los tentáculos de las recaudaciones paralelas, los negociados con licitaciones y todo tipo de prácticas y artimañas conocidas para robar al Estado.
El ministro de Hacienda, Santiago Peña sigue lamentándose por las bajas recaudaciones y la gran preocupación para el presupuesto del 2017, cómo cumplir con todos los compromisos, de aumentos salariales para funcionarios y docentes, que se están estipulando para el próximo año.
Las bajas recaudaciones son el reflejo de la corrupción de los funcionarios de las instituciones recaudadoras. La aduanas son el principal centro de la mafia organizada, de los maletines y las recaudaciones paralelas continúa intacta, las roscas de funcionarios corruptos siguen campantes. Nunca se hizo depuración alguna ni el intento siquiera de sanear una de las instituciones que puede generar mayores ingresos al fisco.
Todo esto va totalmente de contramano con el discurso de honestidad de la administración Cartes. Al mismo tiempo aparecen casos de negociados perpetrados por los ministros de la “selección nacional”, como es el caso del Ministerio de Agricultura y Ganadería, donde todavía se está tratando de tapar la nefasta administración del ministro Jorge Gattini, denunciado por lesión de confianza. A esto hay que sumar el grosero negociado de contratos con empresas relacionadas a los ministros y miembros del gabinete presidencial, que si bien argumentan que la ley les faculta para actuar de proveedores, por lo menos riñe con la ética. En este caso se aplica aquello de la mujer del César, que no solo tiene que ser, sino también parecer honesta.
El discurso de lucha contra la corrupción del presidente Cartes se desmorona también cuando a través de sus principales referentes apoya y sostiene a administraciones municipales de intendentes denunciados por groseros negociados, pésima administración y serias sospechas de corrupción.
Una cosa es el discurso, otras cosas dicen los hechos. El gobierno puede seguir pregonando la buena administración, las obras y la proclamación de honestidad, pero no debe subestimar a la ciudadanía, cada vez más hastiada y decepcionada de la clase política.
La grosera corrupción e impunidad de la clase política y la profunda decepción de la ciudadanía constituyen el caldo de cultivo propicio para los discursos populistas y la emergencia y de propuestas totalitarias. El discurso de lucha contra la corrupción debe necesariamente estar acompañado de muestras fehacientes de combate frontal, limpieza de las instituciones y castigo a los ladrones públicos.

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