Yo me indigno… (¡y me comprometo carajo!)

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En el año 2010, un ex diplomático francés que había participado en la redacción de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, llamado Stéphane Hessel, redactó a sus 92 años de edad un pequeño libro al que llamó: Indígnense. Este libro era una invitación a la indignación de la juventud ante la crisis económica, social y política que vivía Europa en ese momento y que fueron causadas por la avaricia y la irresponsabilidad de una élite política y económica. Las palabras de este señor inspiraron a miles de jóvenes que comenzaron un movimiento de protestas a las que se denominó: Los indignados.
Pero ¿por que motivos deberíamos indignarnos los paraguayos?
Estoy seguro que la inseguridad, la pobreza, la corrupción, el sistema judicial que no funciona, los hospitales y escuelas que se caen a pedazos son suficientes motivos; y detrás de todos estos motivos hay un elemento que explica la existencia de estos problemas: el incumplimiento de las leyes. Tenemos un país pobre y atrasado porque no cumplimos las normas, porque cuando se respetan las leyes el sistema judicial funciona, los políticos no roban, las escuelas y hospitales no se caen a pedazos, y esto da como resultado que el pueblo no vive en la pobreza y no hay delincuencia.
Lugo, Cartes y Llano quieren violar la ley más importante que tiene el país: la Constitución Nacional. ¿Por qué esto es malo?
La Constitución Nacional de 1992 fue la primera verdaderamente democrática, escrita por Constitucionalistas electos por el pueblo. Dada nuestra historia de numerosas dictaduras presidencialistas, que por mucho fueron la nota dominante durante los 178 años de vida independiente como República, esta CN buscó de manera especial limitar los poderes del Poder Ejecutivo, evitando la posibilidad de reelección de los presidentes de la República en todas sus formas y posibilidades para que no volvamos a caer en una dictadura.
Lugo: era un obispo que ingresó a la política encabezando unas manifestaciones contra el intento de reelección del entonces presidente Nicanor Duarte. ¿Qué pasó con aquel obispo que nos llenó de esperanzas y nos convenció a todos de que luchar contra el intento de conseguir la reelección por la vía de la enmienda era defender la democracia?
Cartes: ingresa a la política alquilando al partido más grande y poderoso del país: la ANR. Acostumbrado a ver la vida como empresario, se maneja a platazo limpio, comprando todo, desde medios de comunicación hasta diputados y senadores de la República. Esta costumbre de tratar a los demás como empleados nos incluye a nosotros los ciudadanos, a quienes no nos da explicaciones ni le interesa nuestras necesidades. Cartes confunde el papel de dueño con el de Presidente de la República; olvida o ignora que el Presidente tiene que servir al pueblo que es su jefe y no al revés como lo hace actualmente. El pueblo necesita que el presidente invierta su tiempo en mejorar la salud, la educación, la seguridad y que cree las condiciones para que haya trabajo; Cartes sin embargo invierte su tiempo en buscar perpetuarse en el poder.
Llano: líder de un sector del partido liberal, ha olvidado su papel de opositor y ha sido incluso más fiel a Cartes que los propios colorados. Es que si hay alguien que compra votos en el parlamento es porque hay quien los vende. Llano es el rostro de esos diputados y senadores que tanto repugna a la sociedad, es el sello de vendido que mancha el PLRA, es el arquetipo de político que espanta y aleja a los jóvenes de la política, es quien con sus acciones nos cuenta que Cartes no compró solamente la ANR, sino que también el Congreso.
La sed de poder, el egoísmo y la ambición de estos actores políticos son los ingredientes de este caldo que en nada alimentan el bienestar del pueblo; pero no son los únicos ingredientes, falta mencionar el principal: la indiferencia de la gente.
La indiferencia es esa falta de indignación y de compromiso ante lo que está mal. No voy a copiar al filosofó italiano Antonio Gransci diciendo “Odio a los indiferentes”, pero admito que la indiferencia me genera mucha indignación. Antes que odiar a los indiferentes, prefiero volver a aquel joven de 92 años que nos invitó a indignarnos, y que no solo se quedó ahí, sino que también nos invitó a algo más: “Comprométanse” , nombre de su siguiente libro.
Yo me indigno ante el intento de violar la Constitución Nacional para satisfacer las ansias de poder de unos cuantos mientras el pueblo sufre en la necesidad; y me comprometo a luchar por defender la institucionalidad y el respeto a las normas que traerán el bienestar al pueblo. He aquí mi proclama. ¡Porque la juventud es indignarse y comprometerse carajo!

Por José María Ayala Cambra.

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