Cuernos nuestros de cada día

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La cornamenta es un aditamento no volitivo. Es decir, no depende de la voluntad de uno el ser cornudo, pues nadie pide autorización para dotar a su pareja de semejante adorno. El o la afectada (porque en esto no hay discriminación de género) por lo tanto, no resulta culpable de su desgracia. No obstante, por alguna inexplicable razón, nuestra sociedad acostumbra a estigmatizar a la víctima, agregándole más dolor a su desgracia.
La publicidad de los famosos equipos de sonidos de los años 70 y 80 ofrecía “alta fidelidad”. Resulta que actualmente las ofertas de aparatos de audios ya no apuntan más a la fidelidad sino a la “High Definition”, el famoso HD. En ese sentido, y utilizando la analogía, un amigo pícaro sostiene que actualmente “ni los equipos de sonidos ya ofrecen fidelidad”, para destacar que existe una carencia absoluta de este factor en las relaciones de parejas.
Históricamente el fenómeno de la cornamenta ha apasionado a la humanidad. Nos encanta enterarnos cuando las víctimas de la cornamenta son los otros, pero no de los nuestros. “Si me pone los cuernos que no me entere y si me entero que no me importe”, dice una parodia de oración del recién casado. Con estos antecedentes, no hay nadie en su sano juicio, que quiera ostentar públicamente su cornamenta. Es algo del que nadie quiere sentirse orgulloso.
Pero, ¡Cosas vederes Sancho! Héte aquí que existe un pequeño poblado donde una cierta lady, hace todo lo posible, para hacer famosa a su cornamenta y utiliza a todos sus súbditos para perseguirla y hacer que mediomundo, y la otra mitad, se entere que le habían colocado una feroz cornamenta en la cabeza.
“No hay macho que muera mocho”, dice también un adagio, buscando justificar por aquel consuelo de “mal de muchos…” no hay quién se libre de una cornamenta. Lo cierto es que esto no respeta investidura, género, ni clase social. Nos toca a todos, a veces duele, a veces te ayuda a crecer, dicen algunos que es como el paladar, que al principio molesta, pero después puede ayudar a comer, pero a otras les ayuda a volverse famosa.

Por Amancio Bado Hermosilla

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