Los narcos deben estar envidiando a los mineros de Paso Yobái

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El oro de Paso Yobái es una merienda de negros. La mafia hace de las suyas en cada metro cuadrado donde meten picos y tractores excavadores en busca del metal precioso, mafia cuyos tentáculos llega, incluso, a las altas esferas políticas del cuarto departamento y en el poder de la capital.

El oro de las minas guaireñas están explotadas por un lado por una empresa canadiense conocida por la sigla LAMPA, que opera en el marco de la ley, pero pagando impuestos míseros al Estado paraguayo.
Por el otro, los mineros ilegales que son muchos, organizados en grupos sin pagar absolutamente nada al Estado paraguayo. No están autorizados a extraer el oro pero lo hacen campantemente.
El oro que cayó el año pasado en el aeropuerto de Luque, que a punto estaba de salir del país en un lujoso avión jet privado para vuelos transcontinentales, era de Paso Yobái.
El monto de dinero manejado ilegalmente a partir del oro extraído en las minas de Paso Yobái es impresionantemente inmenso. Quizás los narcos estén envidiando a los mineros.
El tráfico ilegal del oro guaireño hacia el exterior es imposible de negar. Es una realidad que existe pero que las autoridades respectivas se niegan a informar y mucho menos bloquear.
El tráfico legal, también. Pero nada de malo hay en este envío puesto que está amparado por la ley paraguaya.
En algún momento se tuvo que haber dado un escandalito como el de ayer en Foz de Yguazú. Tarde o temprano debía saltar la perdiz. Ahora sabemos que cayeron 10 kilos de oro paraguayo contrabandeado hacia el Brasil, poco frente a aquellos cientos de kilos que se debía contrabandear en nada menos que un avión jet de última generación.
Así como van las cosas, Paso Yobái es una bomba de tiempo capaz de explotar en cualquiera de los ámbitos de su particular influencia, sobre todo en el político, incluso compromete al mismo gobierno de Cartes que al desentenderse de las irregularidades cometidas en el Guairá no se puede sino pensar que actúa de encubridor, en el mejor de los casos.

Por Efraín Martínez Cuevas

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