Un boleto, una garantía

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“Un pedazo de madera impactó fuertemente en mi brazo. Si no abrazaba a mi hijo le iba a golpear en la cabeza y se iba a morir”, fueron las expresiones desesperadas de un joven padre de familia que se dirigía a su domicilio con su pequeño y su esposa en una unidad de transporte público, pero éste tuvo un percance. Uno de los neumáticos reventó y causó terror entre los pasajeros, pues al explotar, también hizo que parte del piso se despedazara y lanzara un montón de hierros viejos que estaban debajo del asiento, poniendo en riesgo la vida de los pasajeros. Allí estaba un bebé de poco más de un año en el regazo de su padre, quien por instinto paterno, reflejo o como quieran llamarlo, abrazó a su hijo e hizo que se salvara de milagro al percatarse de que un pedazo de hierro viejo había sido despedido con dirección a ellos. A eso se suma que el chofer, lejos de detener la marcha, aceleró, andando prácticamente en llanta hasta que paró y ni siquiera se tomó la molestia de cersiorarse de que la decena de pasajeros estuvieran bien, él solo les solicitó descender del transporte para buscar una gomería, dejándolos a su suerte.
Esto pasa cuando utilizamos un medio de transporte sin ningún tipo de garantías, seguridad ni boletos que nos respalden. Un bebé estuvo a punto de morir por el deplorable estado de un bus pero este es apenas uno de los tantos casos que se dan todos los días en nuestra ciudad.
En tanto, esto no fue tan importante ni tuvo tanto impacto como “dame mi boleto”, el caso de la mujer que exigía su boleto de pago al chofer y a quien este le propinó un manotazo y se volvió viral y mediático. Para muchos, lo que ella exigió es apenas un papelito, sin embargo, ese boleto debería asegurarte el viaje, la garantía de que llegarás a destino. Ese mismo derecho tenía esa familia que viajaba con un bebé en brazos, pero como en esta parte del país no existe la costumbre de expedir boletas gracias a la gran corrupción y el amiguismo en las adjudicaciones y el descontrol que eso genera, eso no se dio y fueron dejados a su suerte en el camino.
Al día siguiente del percance, me tocó tomar el bus de la misma empresa (cosa que hago todos los días), automáticamente comencé a observar el piso y los asientos por miedo a que se repita el accidente y esta vez , la afectada fuese yo. El pánico que generan este tipo de accidentes y la insalubridad en las unidades de transporte público en la hermosa Ciudad del Este dejan mucho que desear.

Perla Benítez

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