Otro que sale por la ventana

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El presidente de la República, Horacio Cartes, renunció ayer a su cargo. La nota fue presentada ante la Cámara de Senadores y rápidamente un grupo de legisladores que responden a su sector político solicitó la convocatoria a sesión extraordinaria del Congreso para mañana, de tal forma a analizar el pedido del jefe de Estado y aprobarla. Cartes busca apartarse del cargo para asumir como senador activo el próximo 1 de julio, cuando se instale el nuevo Congreso del periodo constitucional 2018-2023.
El presidente Cartes se suma así a la lista de presidentes de la era democrática que llegaron al poder con mote de estadista pero se van destilando el fétido olor que adquirieron porque en vez de dedicarse a gobernar perdieron el tiempo en la politiquería, en buscar la forma de concentrar cada vez más poder y en satisfacer sus apetencias personales por encima de los intereses de toda la ciudadanía.
Cuando el jefe de Estado renunciante asumió la presidencia en el 2013 lo hizo con un amplio apoyo. Su condición de hombre de trabajo, empresario exitoso vinculado al fútbol; una persona que no provenía del ámbito político sino del sector privado, era un plus importante. La ciudadanía apostó a un buen gobierno, y esperó que Cartes cumpla su promesa de terminar su mandato y retirarse a su casa con el deber cumplido.
Lejos de lo que se esperaba, se embriagó de poder y tanta fue su sed de continuidad que primero se metió de lleno en la campaña interna de su partido para manejar la Junta de Gobierno; luego intentó modificar la Constitución para tentar su reelección. Como esto no resultó, con la complicidad del Poder Judicial se candidató a senador, pisoteando lo que la Carta Magna dice claramente: que los expresidentes serán senadores vitalicios.
Cartes pudo haber salido por la puerta grande. La ciudadanía le hubiera reconocido que hizo mucho por el país, pero él por decisión personal hará que esto no ocurra. Será recordado como uno más que vino, atropelló todo lo que pudo, hizo tabla rasa de la Constitución y salió por la ventana, para tratar de entrar de nuevo a otro escenario, por otra ventana.
Es incomprensible la falta de cultura democrática de nuestro país. Vemos en otros países, cómo los jefes de Estado por más que hayan sido cuestionados en su momento, son reconocidos, respetados. Aun se los llama presidente en los actos públicos, por respeto. Tienen esporádicas apariciones en universidades para hablar de sus experiencias a los jóvenes; otros reciben títulos honoris causa. Aquí la sociedad debe seguir lidiando con jefes de Estado que prometen mucho, llegan bien y se van de la peor manera. Y todo por anteponer sus apetencias personales a cumplir con lo que dicta la Constitución y las leyes. Que esta negra experiencia sirva de ejemplo al próximo presidente, Mario Abdo Benítez y que no tengamos que repetir como sociedad este lamentable circo.

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