Plausible reacción ciudadana

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Termina hoy una semana aciaga para todos los paraguayos. Una más entre tantas en las que las personas que llevan el rótulo de representantes del pueblo se convierten en su verdugo y con sus acciones solo causan tristeza y desesperanza.
El miércoles último, los supuestos genuinos representantes de la sociedad se abroquelaron para mantener como miembro de la Honorable Cámara de Diputados, al delincuente confeso -que de honorable no tiene ni un pelo- José María Ibáñez. El legislador que logró su reelección integrando la lista sábana de candidatos del Partido Colorado por Central confesó que en el 2013 utilizó dinero público para pagar el sueldo de tres cuidadores de su casa quinta ubicada en Areguá. El dinero salía del presupuesto de la Cámara de Diputados. En total G. 7.500.000, pero Ibáñez solo destinaba 2.500.000 a sus empleados, y el resto, llevaba a su bolsillo.
La actitud de la mayoría de los legisladores generó un fuerte repudio de la ciudadanía. Estudiantes, dueños de casas comerciales, shoppings, y grupos de personas se manifestaron espontáneamente en contra. El viernes al amanecer, la casa de Ibáñez lucía la leyenda de “ladrón” semi borrada. La residencia tuvo que ser protegida con vallas de la Policía.
La reacción es una demostración de que la sociedad ya no está dispuesta a quedarse callada cuando ve que sus autoridades no representan sus intereses. Para la gente, un ratero como Ibáñez no puede seguir ocupando una banca en el Congreso.
Sin embargo, el legislador hasta ahora no se dio por enterado. Vale preguntarse ¿cómo es que pretende seguir haciéndose llamar representante del pueblo después de haber admitido que robó el dinero de este? En cualquier país serio del mundo un político de esta calaña renuncia rápidamente y evita exposición pública. Pero Ibáñez no. Para él, haber robado G. 30.000.000 no es para tanto. Hasta intentó dar cátedras de periodismo al cuestionar porqué los medios dieron tanto destaque a su caso y no a otros hechos de corrupción, según él, mucho más graves.
El legislador pidió 30 días de permiso. A todas luces, lo que pretende es apelar a la corta memoria de los paraguayos. Aquí la sociedad está tan acostumbrada a los escándalos que cuando aparece otro hecho, el primero prácticamente pasa al olvido, y el responsable vuelve a llevar una vida tranquila y relajada, codeándose con gente honorable en reuniones sociales.
Es de esperarse que este no sea el caso de Ibáñez. La ciudadanía debe permanecer vigilante y no permitir que un corrupto confeso siga formando parte de uno de los poderes del Estado bajo el título de Honorable. El legislador cometió un delito, y si, la no menos vergonzosa Fiscalía fue benevolente al negociar con él una condena, de tal forma a quedar libre de antecedentes, la ciudadanía debe imponer un castigo moral. Solo así se podrá lograr el saneamiento moral de la República.

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