Creolina para Zulma

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Por Dr. Abilio Obregón (*)

Una República democrática está gobernada por tres poderes. Uno de esos poderes: el Legislativo, se integra con quienes deberían representar a los habitantes de cada departamento de este país. La elección de los representantes se realiza mediante el voto depositado, desgraciadamente, a favor de una lista de personas ofrecidas por los partidos políticos. Como la mayoría no les conoce, votan por la lista creyendo que están integradas por los mejores ciudadanos o ciudadanas con la dignidad suficiente para luchar en defensa de sus derechos, no como lista ni partido sino como país.
Respetando la calidad de género; al mencionar “los mejores ciudadanos”, me refiero a los luchadores incansables, defensores confiables, inteligentes y tantos otros con valores que los tornan honorables, es decir, honrados y leales para con la patria y sus componentes. Felizmente casi todos los integrantes del Congreso son instruidos o creemos que lo son, con las facultades mentales necesarias para enaltecer el más codiciado cargo público de “Senador” o “Diputado”. En esas condiciones esperamos escuchar verdaderos debates donde nuestros representantes opinen acerca de uno o varios temas o defendiendo sus opiniones e intereses con la retórica capaz de enriquecer la concordia y rehabilitar ética y políticamente la sociedad.
Desde esa perspectiva deseamos que esos debates sean pronunciados con decencia, inteligencia, sabiduría y sobre todo, que sean utilizados vocabularios que no ofendan nuestras costumbres familiares, nuestra ética personal, nuestra cultura y más que nada, la educación de nuestros niños.
La utilización en un debate público de términos en un lenguaje soez, grosero y procaz, calificados en el hogar y en las escuelas primarias como “malas palabras”, “Sucias palabras”, por considerarlas obscenas, inapropiadas, indecentes e injuriosas, no solo afecta a quienes van dirigidas sino a quienes las escuchan, como los niños, creando confusión en sus valores. ¿O acaso al Senado no le importa la educación moral de nuestros hijos?
Los hechos ocurridos en el Senado son responsabilidad de los senadores y el discurso reciente de la senadora, tan carente de diccionario, no solo ha asombrado por lo vulgar y ordinario, sino por quien la profirió: una senadora, que siendo mujer se esperaba de ella mayor cordura y recato, además de profesional médica, aunque solo fue fachada, debió hacer honor a ella y al partido centenario que la catapultó para que luego la descalifique, llevándose ella misma de las orejas a la esquina con el bonete de “BURRA”. La utilización por la senadora de términos que la propia sociedad considera sagrada como la religión, raza, familia o determinadas partes del cuerpo humano, como medio para denigrar a otro y sobre todo en un ambiente hiperpúblico transmitido a todo el mundo es sencillamente asqueroso y constituyó una ofensa más, no a quien iba dirigido el improperio sino a todos los paraguayos y paraguayas que ayer no más soportaron gratuitamente otra ofensa a su imagen y costumbre.
Un senador no se “representa”. Representa a toda una nación y su cultura, y la herida que produce no cicatriza, sobre todo si es inmoral, lasciva e impúdica.
En los pueblos del interior las gusaneras en los animales se curan con un producto conocido como Creolina y creo que en el Senado debería recomendarse a algunas que lo utilice como desinfectante bucal, para que no siga contaminando el honor de la República.

Docente Universitario*

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